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Reflexiones cotidianas
Una Navidad como ninguna…

 

Diciembre, mi época favorita del año. Esta Navidad es distinta a todas. Desde hace semanas estamos acompañando a mi suegra a despedirse de este mundo. Lacho ya no está, murió en julio… Ha sido un año complicado para muchas personas a mi alrededor, si bien yo no podría quejarme, ¡al contrario! sólo tengo mucho qué agradecer por tantas bendiciones. Pero me duele ver el dolor que me rodea.

No todo son malas noticias. Muy pronto llegará un nuevo perrito a esta casa! Estamos emocionados y creo que llegará en un MUY buen momento para todos, especialmente para Vic. Mis hijos, ¿qué les digo?! Divinos. Me tienen feliz, ocupada, agotada, desesperada.. enamorada, entusiasmada, me dan vida. Son nuestro impulso. Para mí, un gran motor. Y esta época del año la disfruto más gracias a ellos, y por ellos.

 

Recuerdo que mi papá era la persona que más compartía conmigo el espíritu navideño: amaba cocinar galletas, panes, pasteles… que la casa se llenara de aromas y de calor de la estufa. Le gustaba el ponche, aunque como buen “extranjero”, se inventaba sus propias versiones (a veces con ron) que no eran muy de mi agrado (creo que llegó a echarle frutas exóticas al ponche porque pensó que con cualquier fruta era suficiente…). Mi papá era el único que se sentaba en la sala a verme adornar el árbol, y el único que regresaba cada noche frente a él para verlo iluminar la casa, en la penumbra y sólo alumbrado por las tenues luces del árbol. Mi papá adoraba la Navidad porque, entre otras cosas, era la época permitida para cocinar lo que no hacíamos el resto del año; y la época para recibir a mis amigos –también con sus cocteles y menjurjes muy exóticos, que hoy serían dignos de un mixólogo auténtico–. ¡ah, cómo lo extraño!

Y ahora Vic se despide de su madre. Y yo soy el muelle, el piso fijo… y hablando de pisos, este año también nos sacudió a todos la Tierra, con el temblor de septiembre que causó tantas pérdidas. Y hoy mientras escuchaba al coro del colegio de Bernardo cantar a capella “Aleluya”, no pude evitar las lagrimitas, pensando en todo lo que pasamos en estos últimos meses, no sólo mi familia y yo, sino todos los mexicanos. Ahí, en el colegio de mi hijo, los niños experimentaron por primera vez en sus vidas un terremoto que tuvo muchas consecuencias. Y decirle a Dios, a la Vida, “Aleluya”, es algo que agradezco, porque sigo viva y mi familia sigue aquí, conmigo, y podremos abrazarnos y celebrar la vida en estas Navidades.

 

 

Les deseo unas fiestas muy significativas: que se den el tiempo para la reflexión, para la introspección, con un cafecito o ponche en mano, pero no dejen de hacerlo. Bajarle el ritmo a estos días caóticos y de tanta fiesta y tráfico resulta un verdadero deleite –y tampoco tienes que irte horas lejos de casa. Regálate ese breve espacio, abrázate, date un gusto (deja la dieta para enero, ¡aquí nos ayudaremos!) y dale gracias a Dios y a la Vida por todo lo que eres y lo que te rodea, sin calificarlo de “bueno” o “malo”. Tenemos lo que nos toca tener y vivir. ¡Felices fiestas!

 

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