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Actitud
Un cuarto propio… o unos metros para mí sola

Hoy ha sido un día particularmente difícil para escribir. Nomás no he encontrado el lugar adecuado. Bien decía Virginia Woolf (y hasta escribió un libro al respecto, A room of one’s own) que las mujeres creativas necesitamos un cuarto propio, un espacio exclusivo, separado de la vida doméstica, para crear. Es cierto. He llegado a ese punto necesario en el que es hora de tomar la decisión de tener mi propio espacio. Un proyecto en puerta, que me entusiasma mucho, se ha convertido en el mejor pretexto para hacerlo de una vez por todas. Y es que en casa me es difícil concentrarme en la escritura, con o sin Bernardo presente. Los días en que lo llevo con mi mamá por unas horas son los que aprovecho para escribir, y cuando lo he intentado hacer en casa, surgen muy buenas distracciones que me impiden aprovechar el tiempo al máximo (aún descolgando el teléfono, siempre hay algo: el timbre, el montón de ropa sucia que me empuja a la lavadora, el tiradero de juguetes o los trastos sucios de la cocina…). La escritura se había ido quedando al final, como la última de las prioridades del día, pero ahora más que nunca debo (y deseo) convertirla en una de las tareas más importantes de cada jornada.

Simplemente ahora, me encuentro en un Sanborn’s café, luego de haber salido huyendo del Starbucks en el que estaba. Elegí un lugar en la terraza, a pesar de que ahí fuman, para poder “inspirarme” con la vista al parque y alejarme un poco del ruido de adentro. A los dos minutos, después de decidirme por cuál mesa, saqué laptop y libros y me puse a escribir, pero inmediatamente después llegó una pareja que se puso a discutir de una forma muy agresiva. En especial, él le gritaba y le hablaba a ella terriblemente, sin importarle que todos lo estuviéramos oyendo. Luego de escuchar que le decía cosas como “¡no voy a perder una hora más contigo, escuchando tus mam…das!” o “¡ya te lo expliqué de mil formas, qué quieres, que te lo dibuje? ¿Quieres pasear al chango (no entendí eso…), vas!”, me moví de lugar, porque el tipo sí se veía dispuesto a perder no una sino dos o tres horas discutiendo en voz altísima y ofendiendo a aquella idiota mujer. Me pasé a otra zona, pero el volumen de la música “ambiental” que ya todos conocen terminó por correrme para siempre del café. Así perdí como dos horas, de las 4 preciadísimas que tenía esta tarde destinadas para la escritura. Por eso terminé en el primer Sanborn’s café que me encontré. Agradecí que los adultos mayores fueran la principal clientela del lugar, que además está un tanto despoblado. Fue como llegar a un oasis de paz, donde además te rellenan el café tantas veces aguante tu vejiga.

Así que aquí ando, celebrando con molletes que mañana voy a cerrar un contrato de arrendamiento del que se convertirá, en los próximos 12 meses, en ¡mi cuarto propio! Mi estudio de escritora… Cuando le marqué hoy a la dueña para confirmarle que me interesa rentarle el consultorio disponible, ella me preguntó: “¿es usted la psicóloga?” “No”, le dije, “soy la escritora que ayer le llamó”…

 

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