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Reflexiones
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Cuando termino de leer un libro que me ha gustado llega esa extraña sensación de pérdida, de despedida… y es que cuando la historia fue buena, cuando me tuvo atrapada por días, siento una leve melancolía pues ya no “veré” más a los personajes que estuvieron presentes en las últimas semanas de mi vida. En medio de lo cotidiano, una buena historia te distrae, te entretiene, te rescata… un libro es compañero fiel, día y noche, te espera sin reproche para que lo abras y continúes la cita pendiente cuando tú así lo decides.

 

Recién acabé de leer Sputnik, mi amor de Haruki Murakami. Es el segundo libro que leo de este autor japonés y he quedado, como sucedió con el primero, absorta en miles de pensamientos y sensaciones. Aún no logro soltar por completo la historia… todavía no me despido. Extraño a Sumire, el personaje central femenino, y también al narrador, de quien por cierto nunca supe su nombre (sólo la letra K.). K. era el amigo de Sumire y estaba perdidamente enamorado de ella quien, a su vez, estaba enamorada de otra mujer. La relación de amistad entre Sumire y este profesor de primaria era una de amistad profunda, auténtica, y mucho más íntima que la que hay entre dos buenos amigos. Sumire desaparece y K. siente que le falta algo, algo que jamás recuperará. Con esa pérdida, dejó de ser lo que era y luego viene una sensación de sobrevivencia… “Por profunda y fatal que sea la pérdida, por importante que sea lo que nos han arrancado de las manos, aunque nos hayamos convertido en alguien completamente distinto y sólo conservemos, de lo que antes éramos, una fina capa de piel, a pesar de todo, podemos continuar viviendo, así, en silencio”, dice K.

 

Y aquí les comparto algunas frases de la novela que me dejaron inspirada y pensando…

 

“En la vida de las personas hay una cosa especial que sólo puede tenerse en una época especial. Es como una pequeña llama. Las personas precavidas y con suerte la preservan con todo cuidado, la hacen crecer, la llevan como una antorcha que ilumine sus vidas. Pero, una vez se pierde, esa llama no puede volver a recuperarse jamás”.

 

“Todas las cosas deben ser contadas cuando llega el momento. Si no, uno sigue eternamente encadenado a su secreto”.

 

Sumire quería ser escritora y es posible que en ciertas cosas me haya identificado con ella. Quizá sea esta novela una expresión más del propio autor para exponer algunas de sus teorías sobre el ejercicio de la escritura pues, a través de Sumire, se revelan ciertos métodos, como cuando dice que su regla básica al escribir es plasmar lo que cree que conoce como si no lo conociera. No dar por hecho nada porque “detrás de lo que creemos conocer de sobra se esconde una cantidad equivalente de desconocimiento”. Me gusta esta idea, y la quiero poner en práctica no sólo en la escritura, también en la vida diaria: no dar por hecho que sabemos cómo son las cosas, las personas, las situaciones. Dejar de suponer. Permitirnos ser sorprendidos y no etiquetar a otros o a las circunstancias. Pero sobre todo,

darnos la oportunidad de vivir cada situación como única e irrepetible

 

Finalmente, me quedo también con una metáfora que K. le explica a Sumire, cuando hablan del proceso de escribir novela:

 

¿Sabes cómo construían las puertas los chinos de la antigüedad?

—Ni idea —dijo Sumire.

—La gente se dirigía a los antiguos campos de batalla ti­rando de carretas, y allí recogía todos los huesos desparra­mados o enterrados que podía encontrar. (…) Luego cons­truían una enorme puerta a la entrada de la ciudad incrus­tando todos esos huesos. Esperaban que, honrando de ese modo sus almas, los guerreros muertos protegieran la ciudad. (…) Cuando la puerta esta­ba terminada, llevaban hasta allá unos cuantos perros vivos y, con una daga, los degollaban. Después regaban la puerta con la sangre (…). De esa forma, los huesos resecos se empapaban de sangre fresca y las viejas al­mas adquirían un poder mágico. (…) Escribir una novela es algo parecido. Por más huesos que reúnas, por magnífica que sea la puerta que construyas, sólo con eso no tendrás una novela viva. Una historia, en algún sentido, no es algo de este mundo. Una verdadera historia requiere un bautismo mágico que conecte este mundo con el otro.

 

¡Un beso!

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