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Reflexiones
Nuevos inicios

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¡Hola a todos! ¿Cómo han estado? Uff… para mí, las últimas semanas han sido de grandes cambios y mucho cansancio. Al fin nos mudamos a nuestra nueva casa. La mudanza no fue tan abrumadora como había imaginado. Por suerte, pudimos contratar a una empresa (que por cierto recomiendo muchísimo, Moving) que se encargó de todo. Sí, un viernes llegaron 6 personas a las 9 de la mañana a mi departamento y se encargaron de guardar todo, todo lo de mi casa (excepto mis cositas personales, ¿ya saben?). La verdad me sentí muy rara viendo a tanta gente agarrar mis cosas y guardarlas y ordenarlas sin que yo pudiera decir mucho. Pero ahora que hemos desempacado, me sorprende con qué cuidado guardaron cada cosa, especialmente las copas y objetos frágiles (de verdad, no sólo lo empacaron muy bien sino muy bonito!!!).

 

 

 

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Y así, los expertos en mudanzas se dedicaron a guardar cada objeto de nuestra casa, cosa por cosa, hasta dejar todo empacadísimo.

 

A las 5 pm de ese viernes mi departamento ya parecía más bien una bodega llena de cajas y muebles forrados de plástico. Sólo quedaron libres nuestra cama, la de Bernardo y la cuna de Eugenia. Literal, ni una silla dónde sentarse. Así que esa noche, Vic y yo pedimos sushi y abrimos una botella de vino para despedirnos del que fuera nuestro hogar en los últimos 9 años (de los 13 que llevamos casados). Sentados en el piso, frente al balcón que mira hacia los edificios que ahora extraño, dijimos “adiós” y “gracias” a nuestro hermoso y entrañable departamento.

 

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Emocionados y nerviosos, Vic y yo no podíamos creer que al fin había llegado “el día”.

 

Al día siguiente, el sábado a primera hora, llegaron 9 personas de Moving a bajar todo a su enorme camión amarillo estacionado en la calle. Fueron 3 horas de verlos subir y bajar cajas y muebles súper pesados. ¡Impresionante lo que hacen! Volaron por una ventana un mueble enorme y de lo más estorboso que tenemos y que era imposible bajar por las escaleras del edificio. ¡Y con qué facilidad lo hicieron!

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Parece que Eugenia era la más puesta para irse…

 

Vi todo… y vi cómo, poco a poco, comenzaba a vaciarse aquel espacio de 117 metros cuadrados que días antes era nuestro hogar, y donde acumulamos muchísimos recuerdos y la mayoría de los mejores momentos de nuestra vida familiar. Poco a poco empezó a sentirse el eco en cada habitación, las marcas de los muebles en las paredes y el polvo de los rincones menos explorados aparecieron ante nuestros ojos.

 

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Así quedó el cuarto de Bernardo… me dio tristeza, había que despedirse de esos rincones que me hicieron tan feliz.

Las plantas fueron las últimas en irse… se veían bien dentro de aquel espacio vacío. Todo tomó una nueva dimensión. Y Victor y yo nos abrazamos, ansiosos y deseosos de que lo que estábamos haciendo no fuera un error sino una de las mejores decisiones de nuestra vida, y el inicio de una nueva etapa maravillosa y buena para nuestra familia.

 

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Lacho parecía sacadísimo de onda, como que no reconocía lo que estaba pasando en nuestra casa…

 

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Plantas y libros, lo último en irse…

 

Me fui a desayunar con Eugenia mientras seguían bajando todo, y así pude despedirme de mis amigos entrañables: las personas que conocíamos de las tienditas vecinas, los de la panadería, los del restaurante de enfrente, la cocina corrida de la esquina… esos “extraños entrañables” que en realidad eran todo menos extraños para nosotros. Nos despedimos finalmente de nuestra calle, nuestra colonia, y partimos rumbo a una nueva aventura que ahora es nuestra realidad.

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Vacío… increíble verlo así… y con nostalgia descubrimos que aquel espacio había dejado de ser “nuestra casa”…

Estamos contentos, acoplándonos a este nuevo espacio. Es una casa enorme para nosotros que estábamos acostumbrados a nuestro departamento, y ahora ganamos mucho espacio que no teníamos. La casa está rodeada de vegetación, y eso es algo que todos los días me hace sentir muy agradecida. No veo ningún edificio alto como lo hacía por las ventanas de mi departamento. Se siente raro, porque además de eso, tampoco pasan los aviones cada minuto encima de nuestras cabezas. Eso es bueno, pero curiosamente también se extraña.

 

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Llegando a la nueva aventura… ¡y el día no pudo estar más hermoso para darnos la bienvenida a la casa!!!

 

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La gente de Moving de verdad que trabajó increíble, muy profesionales y súper bien hecho todo (sí los recomiendo, ¡y no es chayo!)

Desde que llegamos siento que estoy en una casa prestada, de vacaciones, fuera de la ciudad (no me fui tan lejos, se los juro, pero ya no estoy céntrica como antes). Me voy acostumbrando a los nuevos ruidos, al silencio, a la luz de cada habitación, a la humedad de algunos muros, al frío de esta zona más al sur de la ciudad, a la tranquilidad, a los vecinos, al ritmo de la calle, a las voces vecinas, al horario del camión de la basura, al funcionamiento de esta colonia nueva para mí. Me gusta. Y la vamos conociendo de a poquito… y aunque esa parte es muy excitante, también está la parte agotadora de ir descubriendo las “imperfecciones” de esta casa que tiene muchos años acumulados. Sabíamos que no es perfecta, pero desde el día cero no dejan de salir “detalles” (especialmente en temas de agua y plomería, y ayer una gotera nueva). Pero la casa es “buena”, tiene ese aire bondadoso que me hace sentir acogida y en casa.

 

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Mucho espacio, mucho qué hacer… pero aún así, para Bernardo no fue fácil despedirse de “su” casa.

 

Les digo que está rodeada de verde, de árboles y plantas, y pájaros, y hasta tengo un colibrí que rigurosamente pasa diario a picar unas flores moraditas de las que aún no sé su nombre y que se ven desde la ventana del cuarto de Eugenia. La casa es noble, es una vieja abuela sauce que, siento, nos estaba esperando. Se ve que sus últimos dueños no la “apapacharon” mucho que digamos, y le hacía falta vida, voces, música, niños… La estamos renovando, poco a poco… y poco a poco, cuando llegamos con nuestros muebles y nuestras cosas, la casa se fue llenando de vida y de calor. Lentamente la estamos haciendo nuestra. Nos estamos conociendo y aceptando, y Vic y yo confiamos en que con paciencia (y dinero) haremos que un día se vea exactamente como la hemos soñado.

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Nueva luz, nuevos detalles, un lugar nuevo por descubrir…

Sí, tengo mucho qué contarles de esta que para mí parece una nueva vida… Dicen que los cambios siempre son para bien. Yo más bien creo que depende de uno hacer que eso suceda. Puedes tomarlos como una tragedia, algo inesperado que te saca de tu zona de confort, y quejarte y lamentarte por lo que tenías antes y que te hacía sentir seguro, o bien tomarlos como oportunidades de aprendizaje, de retos, oportunidades para seguir creciendo y ser más creativos.

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Los cambios siempre son buenos, especialmente cuando nos sacan de nuestra zona de confort. ¿Difícil adaptarse a ellos? Sí, por supuesto, pero soltar el pasado y poner buena cara a lo que viene es la mejor alternativa.

 

Por lo pronto, mañana será el primer día de Eugenia en guardería. ¡Aún no me la creo! Siento que voy a extrañarla mucho y, al mismo tiempo, voy a ser muy feliz con un poco de horas “libres” para mí porque, como habrán notado, no he tenido tiempo de trabajar casi nada en mis proyectos. Y hay que trabajar mucho si queremos seguir haciendo realidad nuestros sueños.

 

Un beso a todos

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