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Reflexiones cotidianas
“Mamá, ayer usé mi carácter…”

 

Bernardo está en primero de primaria. Y está en esta etapa en la que es muy importante pertenecer y ser aceptado por sus amigos. Muy seguido me cuenta de algún amigo que “ya no quiere ser su amigo” o de otro que se enojó porque “yo no quería jugar con él”, o de los niños del camión que no le platican nada… Bernardo ha sufrido muchos cambios en los últimos meses: mudarnos de casa no sólo fue un gran cambio emocional para él (todavía ayer volvió a llorar porque extraña “Patricio” – el nombre de la calle donde vivíamos), sino que la mudanza impactó también en su rutina cotidiana, pues tuvo que cambiar de camión del transporte escolar. Llevaba 2 años subiéndose a la misma ruta, con los mismos amigos que lo querían y lo recibían todos los días haciéndole mucha fiesta cuando ascendía a la camioneta. Pero ahora él es “el nuevo” en su ruta, y obviamente no le hacen fiesta ni le demuestran mucho amor… Sumado a eso, creo que Bernardo se sigue adaptando al ritmo de la primaria, donde hay muchos profesores, un salón distinto al que tenía en el Kinder y nuevos compañeritos. Bernardo se aferra a sus “viejos amigos”, y le ha costado trabajo hacer nuevas amistades. Y uno de estos “viejos amigos” es un poco demandante, por decirlo de alguna manera, y se enoja mucho si Bernardo no quiere jugar con él o si está jugando con otros niños. Entonces lo amenaza, con la sentencia más dolorosa que puede recibir mi hijo: “Ya no voy a ser tu amigo”.

 

Así que el otro día volví a hablar con Bernardo sobre ese tema. Y le expliqué lo que significa una amenaza, según yo con las palabras más adecuadas para un niño de 6 años. “Cuando un amigo se enoja porque no quieres hacer lo que él quiere que hagas, es SU problema quedarse enojado, no el tuyo. Y si te dice que ya no va a ser tu amigo, te está amenazando. ¿Sabes qué significa una amenaza? Es cuando te dicen que si no haces esto o aquello va a pasar algo que te va a doler (mjmm… mientras hablaba me acordé de que todos los días amenazo a mi hijo de mil maneras… ¡pobre!… pero por suerte no lo “notó”)”.

 

 

Entonces le dije a Bernardo que si un amigo de verdad lo quiere no va a dejar de hablarle sólo porque se quedó enojado con él. “Deja que tu amigo se enoje, dile que esta vez no vas a jugar con él, y verás que al día siguiente está como si nada”. Entonces me di cuenta de que este discurso no había servido mucho hasta ahora –es lo que siempre le digo a Bernardo cada vez que hablamos del mismo tema–… y llegó a mi mente el concepto del “carácter”. Le dije: “Ber, tienes que tener carácter. ¿Y sabes qué es eso? Es tu fuerza. Tu confianza. Confía en ti, ten valor para decirle a tu amigo que no quieres jugar hoy con él pero dile que siguen siendo amigos. No tengas miedo de decirlo, aunque te amenace, si es tu amigo no va a dejar de serlo. Usa tu carácter, tu fuerza para hacer lo que tú quieres hacer, para decir lo que realmente quieres decir. Sé valiente, confía en ti y en lo que tú quieres hacer, no tengas miedo. Ten carácter”.

 

Después de esta conversación, que ya me parecía suficientemente larga para un niño de 6 años, cambiamos de tema a Super Mario Bros y hablamos de cómo sus súper poderes (los de Mario) lo iban a ayudar a llegar al castillo en el mundo 8 (¿¿?¿?¿ si… este es otro de los grandes temas de conversación con Bernardo en estos días…).  Pensé que nuestra “profunda” charla se iría, como otras veces, a algún recóndito lugar de su cerebro, si es que me había puesto algo de atención, y que seguramente volveríamos a hablar de lo mismo muchas veces más…

Pero al día siguiente, en la noche, cuando me despedía de mi hijo con un beso antes de salir de su cuarto, Bernardo me dijo: “Mamá, hoy usé mi carácter”. Me quedé muda. ¿De verdad me había puesto atención a lo que le había dicho? Y me contó: “Hoy mi amigo se enojó porque no quería jugar con él, pero entonces yo le dije que jugaría con Sebastián y que ni modo. Usé mi carácter mamá”, me dijo. “Y no pasó nada, ¿verdad?” – le pregunté. “No mamá” y cerró los ojos. Se quedó dormido. Le di un beso enorme y le dije que estaba muy orgullosa de él, lo felicité por “usar su carácter”, y me salí con una profunda emoción en el pecho, casi con lágrimas en los ojos

“Mamá, hoy usé mi carácter”. Me quedé muda.
¿De verdad me había puesto atención a lo que le había dicho?

Esas pequeñas conversaciones “profundas” con nuestros hijos, que aparentan ser insignificantes son, la mayoría de las veces, mucho más memorables para ellos de lo que uno cree. Tal vez hacía falta hablarle del carácter, darle alguna herramienta que encontrara en su interior, algo “concreto”, como un super poder de Mario… algo que lo acompañara en su mini batalla cotidiana con los amigos. De alguna manera, Bernardo me llevó ese día en su mochila, y durante el recreo rescató de ese lugar no tan recóndito de su mente la voz de “mamá” que se había quedado bien grabada: “ten carácter”. Y usó su carácter como usa su goma o sus lápices para trabajar en el salón. Le había dado una nueva herramienta, una que espero lleve siempre en su mochila. Me sentí afortunada de tener un niño tan sensible y atento, y acaricié por un segundito la gloria de la maternidad (“lo estoy haciendo bien”)… esta maternidad que muchos días me pesa, que me agota y que me desespera. Esta maternidad que por momentos me ata, pero que en días como estos, cuando descubro que mis palabras resuenan con tanta fuerza en la vida cotidiana de mi hijo, ayudándolo a resolver sus propias batallas y dándole más confianza, me hace sentir afortunada y agradecida por la gran misión de vida que Dios me regaló.

Te amo hijo. Gracias.

caracter

 

Fotos: Pepe Castillo

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