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Reflexiones cotidianasMaternidad
Hablemos de sentimientos

Hace poco Bernie inició un proceso de terapia emocional. Nos hacía falta, porque últimamente ha mostrado mucha irritabilidad, dificultad para contener su enojo y controlar la forma en que lo expresa. También con Eugenia había estado poco tolerante, y sin duda todo esto comenzó a preocuparme.

 

 

 

 

De acuerdo con la terapeuta, Bernardo no “elaboró” su proceso de “duelo”, por decirlo de una manera, cuando dejó de ser hijo único y llegó su hermana menor a su vida. En esa misma época también nos cambiamos de casa, por lo que fueron cambios importantes en su rutina que de alguna manera no supo desahogar y que todos dimos por hecho que se habían “acomodado” bien.

 

Recuerdo que hace un mes me sentía medio devastada, porque el reporte de las pruebas que le hicieron a Bernardo indicaba, entre otras cosas, que no se sentía cercano a “la figura materna” – o sea, a mí. Me dolió muchísimo lo que leí porque yo juré que esos tres primeros años de su vida en que estuve pegada a él habían servido como la base sólida del amor y el apego entre los dos –y que serían una especie de “inversión” a largo plazo–. Ahora entiendo que por supuesto sirvieron y siguen siendo la base de su autoconfianza, y que más bien los niños van pasando por etapas en las que no saben cómo expresar lo que sienten – sus emociones – y nosotros como papás no siempre tenemos los mejores recursos en el discurso para ayudarlos.

 

 

 

Afortunadamente, Bernardo es un niño muy introspectivo y que sabe expresarse muy bien. Una vez que te pones a reflexionar con él, entiende perfecto, se conecta y dice lo que siente y piensa. Aún así, se había guardado mucho enojo –dirigido muy en especial a mí– porque cuando Eugenia llegó a su vida se sintió desplazado (como sucede la mayoría de las veces con los hijos primerizos). Conforme Eugenia crece nos reímos más de sus puntadas y cada vez es más graciosa –tanto como su hermano–. Pero el ser chistoso y el foco de atención era una cualidad exclusiva de Bernie, hasta hace poco…

 

Total que últimamente mis tardes eran una locura: pleitos entre los hermanos el 90% del tiempo, donde Bernardo le gritaba a Eugenia de una forma muy fea, y ella obviamente llorando como Magdalena. No quería que Eugenia crezca sintiendo que su hermano no lo quiere, estoy convencida que es importante para su autoestima como mujer sentirse amada por los hombres de su casa. Y Bernie se ponía tan violento que seguramente le pegaba (lo digo así porque nunca lo vi hacerlo, solo escuchaba el llanto de Eugenia acusándolo porque le había pegado, algo que Bernardo negaba…).

 

La terapia de Berni se ha convertido en terapia para todos. Se ha convertido también en un espacio de atención sólo para él, conmigo. Yo no entro con él, pero lo llevo y lo espero, y al salir nos comemos un pan de chocolate. Platicamos en el camino y lo veo sentirse mejor. La terapeuta me está dando muy buenos tips (“no te enganches”, “ante su mal comportamiento date la media vuelta y te vas – quiere tener público y ese eres tú”, “habla con él cuando ambos se hayan calmado, de otra forma no va a registrar lo que quieres decirle”, etc.).

 

Sumado a esta terapia, coincidió que en el colegio de Bernardo nos ofrecieron a los papás el curso de PECES (Padres Eficaces Con Entrenamiento Sistemático), un curso del que escuché alguna vez hablar a mi hermana, hace años, cuando ella se convirtió en mamá. Mi mamá también hablaba de eso, de “PECES”, y me animé a cursarlo ahora. ¡Qué puedo decirles! Es un espacio para reflexionar en las cosas que haces y dices, sin querer y por ignorancia, y que pueden estar minando en la autoestima de tus hijos. Es un curso que te libera de culpas, que pretende darte herramientas muy prácticas y concretas sobre cómo educar a tus hijos, cómo ponerles los famosos límites, y hasta qué palabras usar para elogiar todo lo bueno que sí hacen – y dejar de poner atención en todo lo que no hacen bien y que nos pasamos el día entero restregándoselos en la cara.

 

En el taller de PECES estoy descubriendo cuánto debo trabajar mi propia paciencia, mi manera de elogiar a los seres que amo (no va sólo para los hijos, la pareja, los amigos, los colegas y hasta la gente que trabaja contigo merecen elogios con palabras efectivas: “qué padre te quedó” no impacta igual que decirles “eres muy dedicado, veo que lo hiciste con mucho cuidado”, por ejemplo).

 

 

Les contaré más de PECES en otro momento… por ahora déjenme compartirles para terminar que justo anoche le leí a Bernardo este libro, El libro de los sentimientos, de Amanda McCardie, Ed. El Naranjo, y hagan de cuenta que tal cual narra a mi familia. Bernie se identificó perfecto, me decía “¡ya ves, mamá, eso me pasó. Ahora sí me vas a entender mejor”, mientras le leía las páginas donde se hablaba de los conflictos del hermano mayor ante la llegada de una hermanita…

“Sí Bernie, creo que ya te entiendo mejor. Tienes razón, debe ser muy difícil ser hijo mayor, yo nunca lo he sido, pero ahora te entiendo”, le decía, y terminamos con un beso, un “te quiero” y la sensación de que todo se acomoda… y mejor antes que cuando después.

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