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Reflexiones cotidianasMaternidad
Ha vuelto a salir el sol

 

 

Hola. Esta semana han sido días difíciles… Empezó con ciertas “complicaciones” hogareñas: un boiler descompuesto que nos dejó sin agua por dos días (y que luego trajo una pequeña inundación en el baño ¡que llegó hasta el vestidor de la vecina!). Sin embargo, hasta ese momento, me lo había tomado con calma. “La vida es así”, ¿cierto? Se descomponen cosas, se arreglan y seguimos. Pero cuando todo parecía volver a la normalidad, una noticia inesperada me sacudió de golpe. Más bien, me golpeó la espalda y me dejó helada por dos días. Una amiga, muy querida, nos daba una noticia: su pequeña niña de 3 años estaba muerta… No quiero contar detalles, por respeto a mi amiga y porque no es el escenario ni la intención de este post. Un accidente, algo inesperado, rápido… y así de frágil puede ser la vida. Esta vida que es así… en la que se descomponen cosas…

 

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Me ha dolido mucho ver a mi amiga ante tal duelo. El sufrimiento más grande que cualquier ser humano puede experimentar: la pérdida de un hijo. Y cuando las amigas sufren, es imposible no contagiarse de tal sentimiento. Me duele ella, su dolor, verla quebrada… y me duele la pequeña, ese angelito que ya no está con nosotros, con ella, con mi amiga querida, con su papi y su nueva hermana. Y entonces, claro, es inevitable imaginarse ante tal escenario y ponerse en los zapatos de quien sufre: “¿y si me pasara lo mismo?” Sentí un hueco enorme en mi corazón de sólo pensar que algo así me sucediera. “Yo no podría”… Eso decimos todos… y, sin embargo, la vida nos muestra que sí podemos (aún no sé cómo)…

Incluso ante un gran sufrimiento, sí podemos seguir viviendo.

Los últimos dos días he estado en duelo, se detuvo todo a mi alrededor. No quise hacer nada, sólo lo indispensable: sonreírle a mis hijos, abrazarlos, procurarlos. Mi Vic ha sido un gran apoyo, y mis amigas mucho más. Soy muy afortunada: tengo amigas maravillosas que siempre han visto por mí. Hoy, una de ellas pasó a dejarme un té chai a la casa. Un té con un mensaje: “te quiero, no estés triste… hoy es un nuevo comienzo”. Y sé que es cierto, que cada día vuelve a salir el sol. Curiosamente, ayer y antier fueron días muy, muy grises, nublados, dolientes…

La naturaleza se puso en duelo también… Pero hoy ha vuelto a salir el sol. Ese sol que apapacha, que calienta, que da esperanza.

No creo que mi amiga doliente pueda sentir el calor del sol todavía, pero si yo lo siento y me cargo de energía, es probable que pueda, desde mi lugar de amiga, ayudarla un poquito, a mi manera, y compartirle algo de vida, algo de ese sol desde donde ahora juega su pequeña.

 

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El nudo en la garganta todavía no me deja hablar (o escribir) sin derramar lagrimitas… se me llenan los ojos de agua… pero volteo y a mi derecha está mi hija, mi Eugenia, esta pequeñita llena de vida, que me acompaña y quien espero, de todo corazón, me siga acompañando el resto de mi vida. Espero que sean ella y Bernardo quienes me acompañen al final de mis días, y no al revés. Espero poder verlos crecer y alejarse de mí porque hayan hecho sus vidas de adultos. Espero, le ruego a Dios, que mis pequeños tengan una larga vida, más larga que la mía… Pero si Dios, a pesar de mis ruegos, no puede evitar lo inevitable… si un día he de experimentar una terrible tragedia, espero, le suplico a Dios, que no deje de rodearme de mis amigas, de mi esposo, y de los rayos de sol para que me quemen con vida.

 

A mi Moni…

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