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Esa mirada que tanto amé…

Cuando leo sobre las pérdidas y el duelo, descubro que en mi garganta resurge el nudo que sigue atorado, que reaparece cada vez que pienso y recuerdo la pérdida de mi papá. Van dos años, dos años con casi ocho meses, de su muerte. De hecho, me cuesta trabajo señalarlo como “muerte”, pues siempre he dicho “transición”, por ser éste el término natural que él mismo usaba para referirse a lo que es innegable. Cuando alguien se muere, cuando alguien se va de este mundo… cuando ponemos en duda el sentido mismo de la vida porque hoy, aquí, nadie, ninguno, sabemos a ciencia cierta qué pasa después de la muerte para el que muere. Lo que sí sabemos es qué pasa después de la muerte con los que nos quedamos a llorar al que se ha ido. Y hoy, en este primer día de diciembre, de este año, sentada y leyendo el libro que acaba de publicar mi tanatóloga sobre Cómo curar un corazón roto, entiendo que mi corazón sigue un poco rotito, a pesar de los esfuerzos que he hecho por salir adelante y por procesar en mi mente y en mi corazón la pérdida del hombre a quien tanto amo y amé.

En las palabras de Gaby revivo nuestras muchas sesiones de tanatología, las previas al inminente deceso y las posteriores a mi pérdida. En efecto, no se trata de superar la pérdida, dice Gaby, sino de aprender a vivir y a ser felices a pesar del dolor o del sufrimiento que nos ha causado. He aprendido, estoy segura, a hacer uso de mis herramientas emocionales para salir adelante, fortalecida. He recurrido a una buena red de apoyo para sostenerme, en los momentos más difíciles, y para no cejar en el sentido de la vida y en lo que un sufrimiento así puede llegar a dejarme en la construcción de mi propia vida. La llegada de mi hijo fue uno de los regalos más maravillosos que recibí, si no es que el más grandioso, en medio de un duelo tan fuerte. Viví, no hace mucho, una etapa de gran revolución emocional, porque apenas comenzaba a recuperarme de la gran pérdida de mi padre cuando llegó la gran noticia de mi tan esperado embarazo. Si bien, un mes después de la muerte de mi papá perdí también al primer bebé que esperaba, consideré en aquel entonces que la vida era sabia y que me estaba dando una gran lección y una gran oportunidad de crecimiento. En aquel momento, cuando perdimos a ese bebé, la vida me parecía muy oscura, pues no había pasado ni un mes de haber muerto mi papá cuando también perdía al bebé que tanta ilusión nos había provocado – y al que habíamos esperado con tantos años de incertidumbre.

Sin embargo, seis meses después del duro golpe, la vida volvió a regalarme el don de la maternidad, y un hermoso bebé se gestó en mi por 40 semanas perfectas. Y me devolvió gran parte de la alegría perdida. Hoy Bernardo es el Para qué de mi existencia, sin duda, y me hace muy muy feliz. Pero –y siempre hay un pero y ya entendí por qué– mi papá me falta mucho. Y hoy entiendo que la felicidad que provoca el amor hacia un hijo, por muy grande que sea, no es capaz de devolver la felicidad que me provocaba el tener físicamente abrazado a mi padre. Ningún gran amor compensa la pérdida de otro; no es posible, simplemente, porque llegan a ser cosas distintas. Por supuesto, un nuevo gran amor alimenta tanto el alma que nos fortalece, y en mi caso, mi bebé me dio mucho más de lo que yo creía necesitar. Con mi bebé llegó un nuevo rol en mi vida, y me descubro madre, tal como ahora soy, y me encanto. Me gusta quien soy. Y en muchos sentidos, mientras cuido a Bernardo, me llegan memorias de cuando cuidaba a mi padre enfermo. Al final de cuentas, las condiciones en que murió mi papá por la enfermedad que padecía, se asemejan en mucho a las condiciones naturales de cualquier bebé: indefensión, incapacidad de hacer cosas por sí mismos (comer, hablar, limpiarse). Pero en algo más emotivo se asemejan, un padre enfermo y un bebé sano a quienes cuidas, y es en la mirada agradecida y profunda que encuentras en ambos, por lo que estás haciendo por ellos. Y si a esto le sumamos que mi hijo heredó el color de ojos y la mirada de mi padre… la mirada que tanto amé… podrá quizá entenderse cómo me conmueve toda esta situación y cómo con sólo pensarlo y escribirlo, se me deshace el nudo de la garganta, ese que siempre reaparece cuando pienso en mi papá, y las lágrimas brotan de nuevo, tan fácilmente como siempre, por su recuerdo.

Dice Gaby en su libro (y me lo ha dicho en nuestras sesiones) que debemos ser felices in memoriam de ese ser querido que tanto amamos, un poco a manera de homenaje. Coincido, y esa es mi búsqueda, la de la felicidad a pesar de. No sabía tampoco cuánto tiempo puede durar un duelo. ¿Duran para siempre? Me considero un adulto sano; la pérdida de mi padre me llevó por un proceso de duelo que pude “hacer” saludable, salí fortalecida. Pero el recuerdo perdura en el corazón, ahí estará siempre, y soy una mujer tan emotiva y mi relación con mi padre fue tan mágica y tan pero tan amorosa, que dudo mucho que un día pueda dejar de conmoverme su recuerdo. Por supuesto que la mayoría de los días que pienso en mi papá es para reirme por los buenos recuerdos, para imitarlo en su tan particular forma de hablar o para parafrasear algo de lo que siempre decía. Es en esos momentos que no lloro ni se me cierra la garganta. Pero al hacer ejercicios de introspección, me doy cuenta hoy de que ese dolorcito que siempre me acompaña se debe a lo mucho que extraño a mi papá. Sé que si me miro en el espejo debo ver en el reflejo cuánto de mi padre hay en mí. No sólo lo veo en el espejo, lo veo en mi hermoso bebé. Esto es un doble regalo. Pero aún me duele no tenerlo con vida, que no esté aquí.

Ese es el dolorcito que me acompaña. No me inhabilita, pero muchas veces me tienta a engancharme, a usarlo de pretexto para no animarme, para perder un poquito el rumbo. Mi hijo es la flecha, lo que me levanta, lo que me inyecta. Y si él no estuviera, ¿qué sería de mí entonces?

Y me cacho al descubrir que una parte de mí es seducida por el drama. Porque de ese punto me agarro para escribir, para desbordar mi emotividad en palabras, buscando no sé qué. No sé qué es eso que tanto deseo escribir, apresar con la palabra escrita. Creo que no es una historia en particular, es sólo mi sentimiento, el que se me va acumulando con el tiempo, con los años, con las experiencias, con los aprendizajes, con los desencuentros, las pérdidas, los sufrimientos, las alegrías, el éxtasis, la gracia que muy frecuentemente experimento. Eso es lo que quiero y necesito decir una y mil veces. Con una página nunca me basta, me quedo inquieta, me falta más decirlo. Y de mi papá: nunca serán suficientes las páginas llenas de letras para expresar cuánto lo extraño, cuánto lo amé en su vida, y cuánto lo amo, más ahora, en su viaje sideral, en esa transición que duramente tengo que aceptar como su muerte. Si bien, seguiré el camino con la bandera en alto de lo que él y yo creíamos: que la vida no se acaba con la muerte, que la energía no se destruye sino que continúa, y que él ya está en otro nivel energético, un nivel de amor puro, y que él está más cerca que nosotros, los de aquí abajo, de la chispa divina – o de eso que muchos llamamos…  Dios.

Cynthia

Diciembre 01, 2011.

María
Gracias Cyn, no solo por este artículo sino por todas las veces que me has escuchado y que me has compartido esa manera tan sana de llevar tu duelo y de manejar el dolor, no tienes idea de cuánto he aprendido de ti! Hoy por hoy tengo ganas de celebrar la vida... qué buen pretexto es la Navidad.
December 6, 2011
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Paty
Sin duda las pérdidas son cañonas!!! El extrañar jamás desaparece, los duelos se cierran, aunque creo que luego vuelven a surgir o podría decir que evoluciona o aparecen otros, pues tus circunstancias de vida van cambiando y se extrañan en distintos momento, no lo sé… Comparto el sentimiento, gratitud, amor y el extrañar… Un abrazo enorme!
December 5, 2011
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