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Reflexiones cotidianasMaternidad
En algún lugar de la Roma…
el péndulo

 

No es por hacerle publicidad (ojalá obtuviera libros o descuentos a cambio de hablar de esto) pero el nuevo Péndulo de la Roma (Álvaro Obregón) podría convertirse en uno de mis lugares favoritos. Su único gran defecto (o el único que he notado hasta ahora) es que no pensaron en que mamás con carriolas como yo, o gente en silla de ruedas, ancianos, o personas en muletas podríamos visitarlos y quedarnos con las ganas de subir a los siguientes pisos. No hay elevador, y es imposible subir las escaleras en cualquiera de las mencionadas condiciones. Me pasó el día que fui a conocerlo. Iba con Bernardo y claro que la visita se me antojaba maravillosa. Desde que supe de su apertura programé uno de mis días para ir, y ¡oh, sorpresa! Mi excursión duró pocos minutos, pues sólo pude accesar a la planta baja, echar una miradita entre sus estrechísimos pasillos mientras tiraba uno que otro libro a mi paso, y ver a la gente “muy cool” (porque ahora la Roma es lo de hoy, ¿no?) que degustaba un lunch en el área de la terraza (a donde tampoco pude accesar con hijo, porque en las terrazas las carriolas están prohibidas por la dichosa y absurda ley anti-tabaco que nos jode a los que no fumamos…). Me retiré en menos de 20 minutos porque no pude ver más y la verdad, no se me “pegó” ningún libro. Aborté la misión y decidí volver, sin hijo, otro día.

El día que regresé, hace poco, planeé todo muy bien para poder pasar unas dos o tres horas a gusto. Dejé a Bernardo con la abuela y me dirigí animadísima a la Roma. Valet parking, bien. Escogí una mesa, bien. Pedí un café… mal. No es posible que en una “cafebrería” como se llaman a sí mismos, el café sea tan malón… pero en fin. Pedí fruta, bien, y jugo. Y luego me decidí a subir al siguiente piso. El lugar me encantó. Más moderno que el Péndulo de la Condesa, ni hablar. Estantes de libros hasta el techo, con escalerita corrediza pa’ que uno se suba y escoja sus libros “con confianza”. Alrededor, sillones, mesas largas con sillas o mini salitas para que puedas escoger dónde quieres sentarte a gusto a mirar los libros, a leerlos, o a papalotear. El servicio del chavo en este piso fue mejor. Ahora sí que “me hizo sentir en casa”. Me senté junto a una ventana y en la misma mesa donde estaban dos chavas. Ya instalada, me di cuenta de que mis compañeras de mesa estaban estudiando lo que conjeturé que era medicina, y aunque no pensé que lograría disfrutar el momento porque sólo hablaban de patologías, bacterias e intestinos, poco a poco me fui ambientando, como si los libros me arroparan y me extrajeran de lo que pasaba a mi alrededor. Se me antojaba leerlos todos, comprarlos, escribirlos. Me entusiasmé, escribí y disfruté hasta el punto de no querer irme de ahí, como si esa fuera la oportunidad de oro para agarrar un libro y leerlo, finalmente, de pe a pa.

La realidad no se fue muy lejitos. Soñé despierta un rato, hasta que llegó la hora de pedir la cuenta para irme a casa de mi madre por mi hijo. Sin embargo, me tomé antes esta foto para atrapar el instante y tener un buen pretexto para volver pronto.

 

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