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Actitud
Bienvenido marzo

Empieza el tercer mes del año, ¿cómo vamos con los propósitos para este 2012? Se vale replantearse las cosas, incluso es posible que estén asomándose nuevos planes. Los proyectos básicos seguirán siendo los mismos: leer más libros, bajar de peso, hacer ejercicio, comer más sano…. (o no…). El más importante, creo, es sentirse más felices y estar a gusto con tu vida, con lo que haces, con lo que dices y piensas. Si no, ¿para qué bajar de peso, ponerse a dieta, hacer ejercicio o leer más libros? Y lo mejor es compartir un estado de ánimo optimista y que contagie de buena vibra a los demás.

Este fin de semana nos fuimos a Valle de Bravo con la familia y me puse un nuevo objetivo (que no estaba entre mis propósitos de año nuevo): aprender a andar en bicicleta. Sí, no sabía andar en bici. Antes no podría ni haberlo dicho, mucho menos dejarlo por escrito en un blog para que todo mundo (ojalá…jejeje) lo leyera. Me daba pena confesar que nunca aprendí a andar en bici. Luego superé la pena y comencé a comentarlo con mis personas favoritas. Pero cuando Bernardo llegó a mi vida, decidí que él tenía que tener a una mamá que supiera andar en bici, y que no iba a quedarme a mirarlos, a él y a Vic, mientras pasearan en bicicleta.

La oportunidad de aprender surgió en este viaje, porque mi cuñado y familia son muy deportistas y les encanta la naturaleza y la actividad física. Vic, con mucha delicadeza, me hizo la pregunta: “¿no te gustaría aprender la bici este fin, en Valle?” No lo pensé mucho y acepté, y claro que tenía mil prejuicios en la cabeza, el primero, que no aprendería en un sólo fin de semana. “No creo que sea algo que se aprende tan rápido, deben ser muchos días de práctica seguida hasta que le agarre”, les decía. En realidad, descubrí que todo eso eran pretextos, o una manera de esconderme o justificarme desde antes de intentarlo, por si no lograba hacerlo.

La sopresa para Vic, y sobre todo para mí, fue que ¡aprendí a andar en bici en hora y media! Yei! Sentí una inmensa alegría, una enorme satisfacción cuando pude dar dos o tres vueltas en el jardín, solita, sin bajar los pies de los pedales ni perder el equilibrio. La sonrisa se produjo solita, los músculos de mi cara no podían dejar de hacerme sonreír. Era algo incontrolable. Vic fue un gran maestro, me tuvo mucha paciencia y dijo las palabras clave: “nunca te voy a soltar”. Eso me dio seguridad y confianza, y cuando me sentí lista, le pedí que me soltara y entonces descubrí un mundo nuevo, casi casi.

Aprendí mientras Bernardo dormía su siesta, y cuando logré controlar la bici y subirme y agarrar vuelo sola, me dieron ganas de gritarle que su madre ya era otra: que ya podemos andar juntos en bicicleta cuando él esté listo.

Me siento alegre, para mí este ha sido un gran logro y ahora no puedo esperar a volver a agarrar una bici y verme, de nuevo, capaz de superar mis propios miedos. Ayer escuchaba este dicho: “No es valiente el que no tiene miedo, sino el que hace las cosas a pesar del miedo”. Ahora sí me creo muy valiente, poderosa, y aunque aún me aterra caerme y rasparme las rodillas, supera a este miedo la gran alegría que me produjo verme andar en bicicleta, a mis 35 años, nunca es tarde para empezar algo nuevo…

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